escena de la carretera
Venían tres mujeres con un apellido en común, de vuelta de Viña y Valparaíso, lugar del que les costó tanto salir, tenían tantas ganas de quedarse a ver el atardecer, pero había que retornar, la conductora no quería manejar de noche y estaban cansadas.
De pronto, admirando el paisaje, decidieron comprar bebidas y café, este último por supuesto para la que manejaba que, para variar, tenía frío. Pararon en una copec gigante y al pagar, observaron, sin querer, la siguiente escena:
un hombre solo pide y compra su pedido, sin ser mal educado, pero tampoco amable, con la rigidez clásica de los que tienen algún problema con sus emociones, no se ríe, sólo mira a las mujeres presentes como quien mira mercadería y sale. Afuera, le espera su familia, están sentados en una pequeña mesa, al lado de la mesa que comparten las tres mujeres.
De repente, a pito de nada, el hombre se enfurece y empieza a retar al hijo, que tendría unos ocho años, luego a la hija del medio, de unos 10 años y a la mayor, de unos quince años. Su cónyuge, de unos cuarenta años, no dice ni hace nada, pone cara de poker y se evade mirando a las tres mujeres de la mesa contigua, con expresión de "así quiero estar yo" observando que comparten tranquilas lo cotidiano, conversando del camino, de la vida, en fin, sobre todo y nada, pero en paz, pendientes y a la vez choqueadas con lo que sucede alrededor.
Al observar bien, se ven cinco islas en la mesa del sujeto, no hay alianzas ni coaliciones, no hay apoyo mutuo, ni respeto por el otro, hay indiferencia instalada, una desesperanza aprendida, creen que ya no se puede hacer nada por cambiar la interacción, sus caras muestran tristeza, desazón y agachan la cabeza, nada varía.
Las tres mujeres están impresionadas, tienen motivos para sentir de cerca lo que ocurre, por lo personal y lo profesional, no las deja intactas lo que están viendo, ellas miran lo que no es evidente para el resto de la concurrencia, que ve una familia normal, que se fija en los demás más que los otros, sólo eso.
Luego, todos se van, los cinco a su vida, las tres mujeres a la carretera, como en la canción de Serrat, la noche de San Juan, cada uno vuelve a su mundo, la familia del hombre no sé cómo ni adonde, las tres cantando los boleros de Luis Miguel.
Al llegar al destino final, sucede el milagro, el entender el para qué tenían que ser testigos de la escena, sin poder hacer nada, ellos no pedían ayuda y las mujeres no podían intervenir, no era grave aparentemente porque no habían golpes, pero era violencia igual o más fuerte aún.
Dos de ellas hablaron mucho sobre lo vivido en el pasado antiguo, se armó el puzzle familiar, se abrieron temas y comenzaron a mirar las partes heridas de la niñez, a entender decisiones y elecciones del pasado reciente, lo que a la vez implica cambiar el presente, hay menos amarre con lo que pasó y se puede vivir mejor el hoy y el futuro. Y se produjo el segundo impacto, una de ellas, yo, le hice un homenaje a mi madre, que pudo, que cambió el destino, sin tener como, tomó a sus dos pequeños hijos de la mano y salió corriendo, para que crecieran en un ambiente familiar diferente. Gracias por eso.
De pronto, admirando el paisaje, decidieron comprar bebidas y café, este último por supuesto para la que manejaba que, para variar, tenía frío. Pararon en una copec gigante y al pagar, observaron, sin querer, la siguiente escena:
un hombre solo pide y compra su pedido, sin ser mal educado, pero tampoco amable, con la rigidez clásica de los que tienen algún problema con sus emociones, no se ríe, sólo mira a las mujeres presentes como quien mira mercadería y sale. Afuera, le espera su familia, están sentados en una pequeña mesa, al lado de la mesa que comparten las tres mujeres.
De repente, a pito de nada, el hombre se enfurece y empieza a retar al hijo, que tendría unos ocho años, luego a la hija del medio, de unos 10 años y a la mayor, de unos quince años. Su cónyuge, de unos cuarenta años, no dice ni hace nada, pone cara de poker y se evade mirando a las tres mujeres de la mesa contigua, con expresión de "así quiero estar yo" observando que comparten tranquilas lo cotidiano, conversando del camino, de la vida, en fin, sobre todo y nada, pero en paz, pendientes y a la vez choqueadas con lo que sucede alrededor.
Al observar bien, se ven cinco islas en la mesa del sujeto, no hay alianzas ni coaliciones, no hay apoyo mutuo, ni respeto por el otro, hay indiferencia instalada, una desesperanza aprendida, creen que ya no se puede hacer nada por cambiar la interacción, sus caras muestran tristeza, desazón y agachan la cabeza, nada varía.
Las tres mujeres están impresionadas, tienen motivos para sentir de cerca lo que ocurre, por lo personal y lo profesional, no las deja intactas lo que están viendo, ellas miran lo que no es evidente para el resto de la concurrencia, que ve una familia normal, que se fija en los demás más que los otros, sólo eso.
Luego, todos se van, los cinco a su vida, las tres mujeres a la carretera, como en la canción de Serrat, la noche de San Juan, cada uno vuelve a su mundo, la familia del hombre no sé cómo ni adonde, las tres cantando los boleros de Luis Miguel.
Al llegar al destino final, sucede el milagro, el entender el para qué tenían que ser testigos de la escena, sin poder hacer nada, ellos no pedían ayuda y las mujeres no podían intervenir, no era grave aparentemente porque no habían golpes, pero era violencia igual o más fuerte aún.
Dos de ellas hablaron mucho sobre lo vivido en el pasado antiguo, se armó el puzzle familiar, se abrieron temas y comenzaron a mirar las partes heridas de la niñez, a entender decisiones y elecciones del pasado reciente, lo que a la vez implica cambiar el presente, hay menos amarre con lo que pasó y se puede vivir mejor el hoy y el futuro. Y se produjo el segundo impacto, una de ellas, yo, le hice un homenaje a mi madre, que pudo, que cambió el destino, sin tener como, tomó a sus dos pequeños hijos de la mano y salió corriendo, para que crecieran en un ambiente familiar diferente. Gracias por eso.

